Diario Los Andes, Mendoza, 30/3/07
Tomando como anécdota la nueva intromisión del gobierno nacional a la Justicia -esta vez a través del Tribunal de Casación- el autor hace un detallado análisis de nuestros defectos sociales. Por Luis Sarmiento García. Doctor en Ciencias Jurídicas.
La presión a los jueces dentro del desquicio general


Argentina se presenta ante el mundo como un país desquiciado. “Desquicio” significa “fuera de quicio”, que es la bisagra de una puerta y por ende, cuando se desacomoda está “fuera del marco” o “desmarcada”. Esto es así desde hace varias décadas. Y es muy difícil escribir sobre el tema cuando a fuerza de tanto desquicio por años, tengo el temor de que los sucesivos políticos y pésimos gobiernos nos hayan desmarcado también al resto de los argentinos.Felizmente en algo me siento “dentro de quicio”: no soy yo ni tampoco cientos de miles de compatriotas los que hemos causado este desastre. Y luego de 50 años de una intensa vida profesional y académica, creo contar con una valiosa experiencia como para afirmar que la presión que el gobierno nacional ejerce sobre los jueces -hoy materializada en la Cámara de Casación Penal-, criticando demoras y exigiendo sentencias condenatorias, amenazándolos con denuncias penales y jury de enjuiciamiento, con un Consejo de la Magistratura subordinado, cuando les exige celeridad o no acepta sus fallos, es un desquicio. Y no es solo presión sino exigencia de dictar condenas, violando seculares principios republicanos.La presión del gobierno de Mendoza sobre un conjuez -no es de carrera- que dicta sentencias que no le agradan, a favor de la indexación de los sueldos de los magistrados -que tampoco comparto pero respeto- y las amenazas por la prensa a los jueces “indexadores” para que no gasten el dinero que han cobrado porque tendrán que devolverlo, o retando a magistrados que excarcelan a delincuentes -no siempre estoy de acuerdo-, es otro desquicio.

Tanto el gobierno nacional como el provincial no entienden lo que es el respeto a las instituciones ni la división e independencia de poderes. Tampoco la garantía de inamovilidad de los jueces y que las “quejas jurídicas” contra sus fallos, cualesquiera sean sus motivos, deben plantearse ante los tribunales superiores vía recursos y no “recursos de queja” ante los medios de prensa.

En mi profesión he planteado no recuerdo cuántos recursos y he discrepado con varias sentencias, algunas injustas y otras “contra legem” a mi criterio, pero jamás “recursé” ante la prensa. Solo en algunos casos de gran repercusión social y a requerimiento de periodistas, me limité a señalar que plantearía los recursos judiciales pertinentes o a publicar mi opinión en revistas especializadas y libros.

También han sido desquiciantes los golpes militares y las violentas sustituciones de gobiernos civiles -algunos pésimos- elegidos legalmente, en 1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976, el último por ahora, y espero para siempre.

Y las destructoras inflaciones desde 1946 hasta 2007, salvo el corto lapso de 1993 a 2001. Y las hiperinflaciones de 1975, 1985, 1989 -con la renuncia anticipada de Alfonsín en julio de este último año-, 1990 y 1991.

Y también los desquiciantes gobiernos de Fernando de la Rúa, que abandonó el poder en 2001, Eduardo Camaño, Adolfo Rodríguez Saá, Ramón Puerta y Eduardo Duhalde, cinco presidentes en diez días.

Y la alta inflación K, sobre la que se edifica todo el crecimiento y cobro de impuestos, 50% por inflación y 50% por tributos netos, que se atosigan en las arcas del Estado mientras las provincias gastan en demasía y comienzan a tener déficits fiscales.

Desquicia el aislamiento del país del resto del mundo y las estrechas relaciones con Chávez, Morales y Castro, éstas algo deterioradas. Desquicia el concepto general del país entre las naciones, el default que para los oficialistas fue un éxito y para muchos argentinos, una vergüenza que aún arrastramos.

No entendemos, y por ende nos desquicia, la “viveza criolla” que escandaliza y el modo de ser de algunos en el extranjero que ha inducido a decir a un filósofo español que “los argentinos son italianos que hablan el español; pretenden sueldos norteamericanos y vivir como ingleses; decir discursos franceses y votar como senegaleses; pensar como zurdos y vivir como burgueses; alabar el emprendimiento canadiense y tener una organización boliviana; admirar el orden suizo y practicar el desorden iraquí”.

Más allá de la burla y carga de resentimiento de este español que es bastante común, olvidando lo mucho que hicimos por su pueblo después de la guerra civil de 1936 a 1939, además de englobarnos a todos dentro de estos deprimentes conceptos, desquicia tener que admitir que algo de esto se aproxima a la realidad. Y para ser objetivo, del otro lado también hay desquicios.

Muchos argentinos son pícaros y algo más; la corrupción de los funcionarios existe porque hay administrados corruptos que pagan “peajes” para obtener beneficios; algunos empresarios cometen delitos para lograr ganancias rápidas y varios dirigentes gremiales, empleados y obreros utilizan la extorsión con la “industria del juicio” laboral para presionar a sus empleadores, más la colaboración antiética de algunos abogados.

En general los jueces -hay excepciones-, inexplicablemente no aplican los remedios procesales para evitar chicanas que demoran años los juicios, como también algunas sentencias de la Corte Nacional como la de “pesificación”, deudores hipotecarios, etc.; la legislación penal es permisiva y la procesal, benigna al máximo, de modo que el delito, con índices de comisión cada vez mayores, permanece en general impune y con los delincuentes gozando de una mal otorgada libertad, mientras el resto de los ciudadanos honestos estamos recluidos en nuestras casas enrejadas, privados de libertad por la agresión física y psíquica de aquéllos, hoy transformados en jueces que aplican penas de muerte a inocentes.

La corrupción es también policial y la población se encuentra indefensa; los estudiantes cada vez estudian menos y los maestros, en huelgas permanentes, descansan sin trabajar cada vez más y los gobernantes no hacen nada por dar soluciones definitivas a la educación, que es esencial.

Podría llenar páginas con otros desquicios, todos conocidos y sufridos, pero pienso que es más útil que efectúe algunas reflexiones a modo de síntesis.

Todo este cúmulo de desquicios obedece a dos causas perfectamente identificadas: falta de seriedad y de responsabilidad.

Seriedad no es sinónimo de amargura ni falta de alegría. Ser serio significa encarar los temas cotidianos con dignidad, decoro y exhaustiva preparación, estudio y gran alegría de vivir.

Ser responsables implica hacernos cargo de nuestros aciertos y errores, profundizando los primeros y evitando los segundos, desterrando para siempre aquello de que “los éxitos siempre son nuestros y los fracasos, ajenos”.

Si todos, en nuestros respectivos trabajos, sean modestos o rutilantes, actuáramos con seriedad y responsabilidad, Argentina sería del primer mundo aun cuando su economía no fuera de la envergadura de EEUU, Japón, Sudeste Asiático, Alemania o China.

Suiza, un pequeño país de limitada economía en el medio de Europa, está repleto de gente seria y responsable y desde tiempo inmemorial goza de prestigio y reconocimiento internacional. Valdría la pena intentar parecernos… ¿o no?

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